
Los cambios conllevan un proceso... mental, psicológico, incluso hasta físico. Mis cambios, particularmente, siempre necesitaron de procesos de adaptación. Yo "necesito" adaptarme a la idea, al cambio en su máximo esplendor.
Y ese proceso está compuesto por etapas, por capítulos coleccionables que se suman a mi vida y, a veces inclusive, la entorpecen.
Ya pasé la etapa de la ilusión y la esperanza de reinventarse; la etapa de auto-convencerse de que es lo mejor, lo más acertado... hasta una necesidad; la etapa de la melancolía, de llorar cada vez que un recuerdo que no se va a volver a repetir te invade la mente; la etapa de la ansiedad, donde uno no hace más que contar días, horas y minutos hasta el hartazgo.
Ahora, me llegó la etapa de la negación, de querer mudarme pero no actuar en consecuencia, no embalar, no decidir, no organizar. Ahora "el cambio" empieza a tomar forma, a convertirse en real y la vida se torna casi difícil, huidiza y poca, como si uno quisiera transformar a los días en chicle.
Hoy me cubre la etapa del pánico, del terror a que algo salga mal... sumado a tener que pasar por migraciones, a irte sin papeles, a quedarte cuando no deberías, a hacer las cosas que no se deben hacer como no se deben hacer. Pánico al cambio; terror a dejar tu vida, esa que conocés, que te contiene, que te pertenece tanto como te pertenecen tus cosas, las que tenés que dejar. Y entonces, la posibilidad de poder reinventarte pierde su calidad de divertido y esperanzador para convertirse en "lo desconocido", el miedo a lo desconocido, a lo nunca visto, a lo nunca hecho, a lo no sentido.
Pero es sólo una etapa más del proceso, este proceso que es como una escalera a subir, peldaño por peldaño, etapa por etapa. Hasta que llegues ahí, a la cima y, como todo ser humano, te adaptes.