
Enhebrando el hilo de la esperanza contenida en una aguja colchonera que se asemeja a una rama de vainilla con olorcito a canela casi como si fuera una flecha convertida en pensamiento a punto de traspasar una manzana de perfecta redondez, desgarrando su alma y jugando a sentirse Robin Hood (porque a veces uno se siente Robin Hood), me cebó el primer mate, calentito y de sabor amargo, pero con la dulzura clandestina que me ofrecían sus manos al aferrarse al mango de la pava para tras una breve pausa, repleta de ansiedades y de anhelos, verter el agua en su punto exacto sobre la yerba anidada gustosamente en el cuenco del mate. Entonces, lo puso en mis manos como si pudiera tomar al sol entre las suyas y entregármelo, como si fuera fácil asir un pedacito de vida y obsequiarlo.
Con una luna redonda y de papel metálico reflejando hipnóticos haces de luz en la ventana, como cómplice y testigo, me entregaba puntada tras puntada, en cada cebada, mucho más que una simple infusión dueña y señora de los usos y costumbres, sin siquiera sospecharlo.
A través del correr de los segundos, de los minutos que quizás se convirtieron en horas sin que nadie lo notara, embebí mis labios con la humedad, compañera, amiga y hermana, de la bombilla que se abrazaba a mi boca desbordada y completa de congoja.
En realidad, no sé si alguna vez supo (tal vez, sí) que me entregaba la vida, la luna, el sol y todas las estrellas fulgurantes desparramándose en la vía láctea, con tan sólo darme un mate. Tal vez, junto a la maravillosa luz de su noble compañía, me alcanzaba con delicia algún sentimiento, calentito y resguardado, que bebíamos de la misma bombilla, aferrándonos con ansias embriagadas de nostalgia al mismo mate, a la misma costumbre idiosincrásica la cuál nos permitía sentirnos como en casa dejándonos imaginar que la melancólica costura, aquella que alguna vez entretejimos entre sueños y acertijos, había dado sus frutos volviendo a dibujar el dobladillo de una cultura pretenciosa (suponiendo que la cultura pueda ser algo tangible aunque invisible, cuestión en la que dejo mis dudas) la cuál, aunque fuera débilmente, quería subir, subir los escalones a la gloria.
Pude gritar sin consuelo, con la boca cerrada apretando los labios, pero preferí esconderme detrás de esos hilos de seda con los que cosía el buen rato a medida que, vertiendo mecánicamente el agua caliente, seguía cebando. Es que hoy la ausencia se nota, se cuelga de cada ilusión perdida en una plaza de congreso, enviciando los sentidos, desgarrando al corazón con el olvido, con arañazos de un himno que ya no tiene voz (ni voto, en esta lejanía), con emblemas dormidos entre las garras de un felino al que no supimos hacerle frente. Sin embargo, los sueños aún siguen vivos y foráneos dentro de esta agua que cobija la pava descansando en la hornalla, con hilos de pasión y textura de naranja (esas cascaritas que enriquecen el sabor de lo cotidiano) van bordando la llama de lo lejano y puro, manteniendo viva la lumbre de un origen abandonado al azar, desperdiciado en un asiento de avión del que nos hicimos amigos y fieles confidentes, acariciando con la simpleza de lo ajeno una lengua que, aunque extraña, alimenta nuestros oídos de destierro con un aliento del que ya nos hicimos dueños.
No quedan más que en el recuerdo los domingos empapados por la lluvia cuando nos sentábamos, junto al fogón, a saborear las tortas fritas de la abuela Amanda o los panqueques con dulce de leche que preparaba el abuelo. No nos queda más que este tesoro, repleto de mitos y leyendas, que hoy entre miradas tristes y silencios tratando de ocultar los sentimientos, las penas, las luchas y las deudas, compartimos con un dejo de complicidad, de perpetua solidaridad con nosotros mismos, con nuestros propios miedos.
Casi como al descuido nos perdimos, juntos y ultrajados, en los bosquejos (ya casi imperceptibles) de una pava de hojalata que llegó por encomienda acompañada de unos cuantos kilos de yerba y unos discos de Cerati mientras nos preguntábamos, acobardados por un silencio que aniquiló al ensueño, que habría sido de los afectos renunciados y enquistados al pasado, al mismo tiempo que volábamos con la memoria al primer y último intento de hacer un asado con una pobre vaca estúpida al borde de la paranoia. Paranoia que se nos hizo carne y exilio desde el día en que partimos.
Entonces, forasteros y perdidos, dimos una nueva puntada y me cebó otro mate mientras le esquivaba la mirada al recuerdo y se olvidaba poco a poco de la distancia como tantas otras veces dándole la bienvenida a un amanecer que comenzaba a interrumpir la noche con suaves risas somnolientas, cuando volvimos a enhebrar nuestra aguja colchonera pero, esta vez, con el hilo de la supervivencia mientras me cebaba el último mate amargo de la fecha y cosíamos juntos las almas a nuestra tierra.
Espero que les guste... Es algo que escribí hace varios años cuando no se me ocurría, ni por asomo, emigrar de mi país. Pero sí pensaba constantemente en mis amigos que sí lo habían hecho.